ARTICULO: Tres tendencias que podrían abrir paso a una década dorada para las economías en desarrollo

Por: Indermit Gill
Economista en jefe del Grupo Banco Mundial.
Salvo que ocurra un milagro, la década de 2020 será exactamente lo que presagiaba su ominoso comienzo: una década perdida, no solo para un par de casos atípicos, sino para decenas de economías en desarrollo. En medio de uno de los períodos más intensos de crisis mundiales desde los años setenta, casi una de cada dos economías en desarrollo no ha logrado avanzar desde 2019 en el cumplimiento de la promesa más básica del desarrollo: reducir la brecha de ingresos con las economías más prósperas del mundo. Para ver la luz al final del túnel, habría que esperar a la década de 2030.
Ese nuevo decenio está a un paso, y ofrece una oportunidad histórica que el mundo no puede permitirse desperdiciar. Como queda claro en la edición más reciente del informe Perspectivas económicas mundiales[MIS1] del Grupo Banco Mundial, las pérdidas de la década de 2020 han sido devastadoras. Este año, el crecimiento mundial caerá a su ritmo más bajo en casi 20 años, salvo en el caso de recesiones declaradas: un exiguo 2,5%. Para fines de 2026, una cuarta parte de las economías en desarrollo, un tercio de las economías de ingreso bajo y la mitad de las economías frágiles y afectadas por conflictos serán más pobres de lo que eran en 2019 en vísperas de la pandemia de COVID-19. Entre las 24 economías más pobres, 19 aún dependen de la asistencia extranjera para abastecerse de alimentos, pero el mundo rara vez ha estado tan poco dispuesto a mostrar un espíritu altruista como hoy en día. Mientras tanto, la deuda pública en las economías en desarrollo ha subido a máximos históricos, y el crecimiento de la inversión privada en la década de 2020 se ha desplomado a menos de la mitad en comparación con 2010.
Sin embargo, en el horizonte asoman tres focos de oportunidades que podrían convertir la década de 2030 en una era dorada para la creación de empleo y el crecimiento. El primero es imposible de ignorar: la rápida adopción de la inteligencia artificial (IA) que, incluso si no llega a estar a la altura de las expectativas, impulsaría las tasas de productividad mundial por encima del promedio muy bajo de la década de 2020, según la mayoría de los análisis. Pero nuestras estimaciones indican que, si se gestiona con acierto y se maximiza su potencial transformador, el crecimiento mundial en la década de 2030 podría superar el promedio registrado en la década de 2000. En pocas palabras, la IA abriría paso a la década más próspera del mundo desde los años setenta.
El segundo es la seguridad energética. Los dos grandes conflictos de este decenio han concentrado la atención de los responsables de formular políticas. En la actualidad, la energía limpia representa dos tercios de todas las inversiones mundiales en energía. En 2025, la inversión global en energía limpia alcanzó un récord histórico de US$2,2 billones, superando con creces a los combustibles fósiles. En los últimos cinco años, la mayor parte del aumento del gasto en energía limpia —hasta el 70%— puede atribuirse a los importadores netos de combustibles fósiles que buscan reforzar su seguridad energética. En resumidas cuentas, la energía limpia es hoy tanto un imperativo de seguridad nacional como una prioridad para el desarrollo mundial. Esa convergencia, si se sostiene, podría impulsar el crecimiento económico en las economías en desarrollo mediante la creación de empleos, la ampliación del acceso a energía asequible y el aumento de la resiliencia ante futuras conmociones.
El tercero es el comercio regional. Puede que la globalización haya perdido su lustre en algunas partes del mundo, pero el comercio regional está en alza. El número de acuerdos de comercio regionales ha aumentado a lo largo de la década de 2020, pasando de poco más de 300 en 2020 a casi 400 en la actualidad. En conjunto, estos acuerdos representan hoy el 60% del comercio mundial, frente al 40% registrado en 1990, lo que los convierte en un complemento poderoso del sistema mundial basado en normas, dado su deteriorado estado. El comercio regional está estrechando cada vez más los lazos entre las economías en desarrollo y aportando la previsibilidad que tanto se necesita, no solo a través de los aranceles, sino también mediante reglas claras sobre inversiones, estándares y servicios.
Materializar estos focos de oportunidades no será tarea fácil. La IA, por ejemplo, depende de infraestructura digital, capacidad informática y conocimientos técnicos, recursos que aún se concentran en las economías más ricas. Las economías en desarrollo representan menos de una cuarta parte de la capacidad mundial de centros de datos; las 24 economías más pobres del mundo representan menos de una décima parte del 1%. Además, los principales modelos de IA tienen un punto ciego importante: las lenguas de aproximadamente la mitad de la población mundial siguen estando escasamente representadas en los datos con los que se entrenan esos modelos. A menos que se subsanen esas diferencias, la revolución de la IA podría aumentar, en lugar de reducir, la distancia entre países ricos y pobres.
Brechas similares persisten en los ámbitos de la energía y el comercio. Desde 2022, los costos más altos de los préstamos, el aumento de la inflación y las dificultades para conectar nuevos proyectos de energía renovable a las redes eléctricas han frenado el ritmo de crecimiento de la inversión en energía limpia. Además, dicha inversión ha seguido siendo desigual. China, por ejemplo, concentra casi un tercio del total mundial. Sin embargo, las economías más pequeñas que lidian con una elevada deuda pública y presupuestos gubernamentales ajustados —sobre todo en África subsahariana— han tenido serias dificultades para movilizar el capital necesario para infraestructura de energía limpia. En el plano del comercio regional, las economías en desarrollo tienen aún mucho por ganar: podrían comerciar bastante más con las economías vecinas, por ejemplo, si redujeran la burocracia fronteriza, armonizaran sus normas y facilitaran a las empresas —sobre todo a las más pequeñas— el acceso al financiamiento. De manera simultánea, los tratados de inversión deberían pasar de simplemente proteger a los inversionistas a promover la inversión, impulsando al mismo tiempo los objetivos generales de desarrollo y sostenibilidad.
Y todo ello, además, debe ocurrir mientras los Gobiernos gestionan las consecuencias inmediatas del conflicto en Oriente Medio y retoman la inconclusa tarea de la recuperación económica. La deuda debe disminuirse. La inflación debe mantenerse bajo control. La inseguridad alimentaria debe reducirse. Y los países deben volver a establecer las condiciones previas para la creación sostenida de empleo y el aumento de los niveles de vida: infraestructura más sólida, trabajadores más saludables y más calificados, un entorno regulatorio que incentive la inversión y mayores reservas de capital privado. En la historia reciente, pocos desafíos han exigido este nivel de coordinación y apoyo mundiales continuos.
El Grupo Banco Mundial fue creado precisamente para un momento como este. Ante los retrocesos históricos de la década de 2020, nuestra respuesta fue sin precedentes: en el quinquenio que concluyó el 30 de junio de 2025, los compromisos de financiamiento que otorgamos para apoyar a los países en desarrollo superaron a los de cualquier otro período de cinco años en nuestra historia. Hoy estamos ayudando a las economías en desarrollo a enfrentar la crisis de Oriente Medio, proporcionándoles liquidez inmediata de hasta US$25.000 millones a través de mecanismos existentes. Estamos aportando recursos adicionales mediante la repriorización de proyectos que ya están en tramitación. Y estamos preparados para hacer más de ser necesario: si el conflicto y sus consecuencias económicas persisten, el financiamiento del Grupo Banco Mundial podría incrementarse hasta entre US$80.000 millones y US$100.000 millones en un período de 15 meses.
La primera mitad de la década de 2020 ya quedó atrás, y es posible que este decenio se haya perdido. Pero no el de 2030. Las fuerzas económicas que están convergiendo actualmente —la IA, la transformación energética y la mayor integración regional— son lo suficientemente poderosas para impulsar un progreso transformador en la próxima década. Sin embargo, aprovechar ese potencial exigirá una preparación enorme, y debe comenzar ahora.
