El eco del Estrecho de Ormuz en el bolsillo de America Latina y el Caribe

El eco del Estrecho de Ormuz en el bolsillo de America Latina y el Caribe

Un eco ocurre cuando una perturbación inicial en algún punto genera una onda que viaja, rebota y termina amplificándose a distancia. Eso es exactamente lo que ocurrió con el cierre del Estrecho de Ormuz en febrero de 2026.

Aunque el conflicto está ocurriendo a más de 11.000 kilómetros de América Latina y el Caribe (ALC), y la problemática puede parecer muy lejana, pero su eco ya empezó a sentirse en el precio del pan del desayuno.

El eco del Estrecho de Ormuz en el bolsillo de America Latina y el Caribe

Estas repercusiones económicas a veces son difíciles de entender para los ciudadanos de a pie que no somos economistas, siempre he pensado que la energía explica muy bien los mercados, ya que explica cómo se organiza el poder en el mundo.

Por el Estrecho de Ormuz (el corredor marítimo por donde transitaba cerca del 20% del petróleo mundial) pasó una de las perturbaciones económicas más importantes del año [1]. Y como ocurre con cualquier shock energético global, sus efectos terminaron expandiéndose mucho más allá de Medio Oriente.

Esta crisis vuelve a revelar hasta qué punto la economía global sigue dependiendo de la estabilidad energética y, en el caso latinoamericano, la persistencia de un modelo económico basado en exportar recursos naturales (petróleo) mientras seguimos siendo altanamente dependientes de productos refinados (diésel, nafta, jet fuel, otros derivados), justo los que se convierten en vulnerabilidades.

S&P Global Ratings advierte que el actual shock energético está ampliando la brecha entre economías avanzadas y emergentes [2]. No porque algunos países produzcan petróleo y otros no, sino porque las capacidades para absorber una crisis son extremadamente desiguales.

Y ahí aparece una de las contradicciones más importantes para ALC, ya que varios países de la región podrían beneficiarse temporalmente del aumento de los precios de la energía y de las materias primas, pero eso no necesariamente implica mayor resiliencia económica ni mucho menos desarrollo sostenible.

La primera onda del eco: impacto en petróleo y combustibles

El primer impacto del cierre de Ormuz apareció en los mercados energéticos.

El Brent (la principal referencia internacional del precio del petróleo) superó los 100 dólares por barril, abriendo una ventana inesperada para varios exportadores sudamericanos. Rystad Energy estimó que la región podría recibir hasta 43.000 millones de dólares adicionales en ingresos petroleros durante 2026.[3]

Brasil aparece como el país mejor posicionado para absorber el shock gracias al pre-sal (sus gigantescas reservas offshore en aguas profundas) y a una matriz energética relativamente diversificada. Incluso así, el gobierno tuvo que reducir impuestos federales sobre combustibles e introducir subsidios millonarios al diésel para contener el impacto interno.

Según EconoJournal [4], Perú y Chile (importadores netos de petróleo) encabezaron las subas de combustibles debido a su fuerte dependencia de importaciones y a una menor capacidad de amortiguación estatal. En Perú, además, la explosión a principios de marzo de un tramo del gasoducto de Megantoni agravó la situación de los combustibles líquidos en medio de escasez. Chile intentó contener parcialmente el impacto mediante el MEPCO, su mecanismo de estabilización de combustibles, aunque el costo fiscal comenzó rápidamente a crecer.

Argentina logró retrasar parte del impacto gracias a YPF y a mecanismos de contención temporales. Pero incluso con producción propia, el país no pudo aislarse completamente de la suba internacional del petróleo.

México logró contener mejor el shock gracias a subsidios, reducción de impuestos y mayor capacidad de producción local. Sin embargo, se ha dejado en evidencia en la región otra vulnerabilidad estructural de ALC, la capacidad de refinación sigue siendo insuficiente.

Uruguay moderó el traslado mediante ajustes administrados y subsidios al transporte, mientras Colombia amortiguó el impacto con controles graduales de precios y renta petrolera. Bolivia, en cambio, mostró el caso más extremo al mantener congelados los precios en medio del aumento internacional, lo que terminó generando escasez, desabastecimiento y protestas de transportistas.

Según un análisis de EconoJournal basado en datos de GlobalPetrolPrices, entre febrero y abril de 2026 Perú registró un aumento de 43% en el precio de la gasolina, Chile de 24% y Argentina de 18%, en paralelo a un incremento de más del 40% en el precio internacional del Brent tras la escalada del conflicto en Medio Oriente.

Fuente: Elaboración a partir de los datos de EconoJournal [4]

El combustible de avión es una situación aún más delicada. Algunos analistas energéticos sostienen que éste funciona como una especie de eco temprano de las crisis energéticas globales. A diferencia del petróleo crudo, el jet fuel depende de cadenas logísticas, refinación y transporte extremadamente sensibles a cualquier disrupción geopolítica. Por eso, cuando su precio comienza a dispararse, el impacto suele expandirse rápidamente hacia turismo, comercio internacional e inflación. En otras palabras, cuando el combustible de avión entra en crisis, el problema ya dejó de ser únicamente petrolero, sino que la economía global completa empieza a tensionarse. [5]

La segunda onda del eco: inflación y transporte

Cuando sube el combustible, también sube el costo de mover alimentos, operar buses, transportar mercancías y comprar boletos de avión. Y ahí el eco nos empieza a impactar en la vida cotidiana.

Esto resulta en alimentos más caros, aumento del costo del transporte y presión sobre monedas emergentes. El FMI advirtió recientemente que la guerra podría profundizar las divergencias económicas dentro de ALC, favoreciendo temporalmente a exportadores de petróleo mientras deteriora las perspectivas de economías dependientes de importaciones energéticas y del turismo, especialmente en el Caribe. [6]

Chile y Perú enfrentan un deterioro de sus términos de intercambio, aunque sus exportaciones de cobre y minerales ayudan a compensar parcialmente el impacto energético.

Sin embargo, el principal riesgo sigue siendo la inflación.

Por ejemplo, Chile respondió congelando tarifas de transporte y subsidiando parcialmente combustibles mientras el precio de la gasolina aumentaba cerca de 24% en pocos meses.

La tercera onda del eco: subsidios y fragilidad fiscal

La siguiente onda golpea directamente a los gobiernos. La mayoría, está reaccionando de forma similar:

· congelar tarifas;

· subsidiar combustibles;

· contener inflación;

· comprar estabilidad política.

El problema es que esas medidas alivian el corto plazo mientras profundizan fragilidades estructurales.

S&P Global Ratings advierte que la diferencia entre economías avanzadas y emergentes no es únicamente energética, sino institucional. Mientras Europa y otras economías desarrolladas enfrentan la crisis con reservas estratégicas, financiamiento barato y políticas fiscales focalizadas, gran parte de ALC continúa reaccionando desde la urgencia.

La experiencia latinoamericana demuestra que administrar abundancia suele ser tan difícil como administrar escasez.

La cuarta onda del eco: el Caribe y su vulnerabilidad especifica

Ninguna subregión enfrenta un impacto tan complejo como el Caribe. Allí, el aumento del precio del combustible no solo encarece importaciones energéticas. También amenaza directamente al turismo, principal fuente de divisas de muchas economías insulares.

En toda la región caribeña, el aumento del combustible aéreo, la reducción de vuelos y las tensiones eléctricas comenzaron a afectar la temporada turística de 2026. Desde Aruba hasta Cuba, la incertidumbre energética empezó a trasladarse a hoteles, aerolíneas y costos operativos justo antes de la temporada alta de verano. El FMI ya advirtió que las economías caribeñas podrían ser de las más vulnerables al conflicto en Medio Oriente. [7]

El eco de fondo: ¿Se han dado cuenta que América Latina vuelve a ser importante cuando el mundo entra en crisis?

Es muy importante resaltar que el cierre de Ormuz no creó la vulnerabilidad latinoamericana, sino que una vez más la dejó en evidencia. La región volvió a adquirir relevancia geopolítica porque el mundo necesitó petróleo, gas, cobre, litio y alimentos. Pero esa centralidad sigue definida por lo que ALC extrae, no por lo que produce tecnológicamente ni por el valor agregado que genera.

En otras palabras, la región sigue siendo estratégica por sus recursos naturales, no por su capacidad de transformación productiva. Y ahí aparece el verdadero problema de fondo, los ciclos de commodities suelen generar alivio fiscal de corto plazo, pero también tienden a postergar reformas estructurales, profundizar dependencias y ampliar vulnerabilidades sociales.

La discusión más importante: ¿América Latina aprovechará esta nueva crisis para invertir en infraestructura, transición energética e industrialización, o volverá a depender de una bonanza extractiva que desaparece tan rápido como aparece?

Porque si seguimos en este ciclo, caeremos en el mismo riesgo de seguir confundiendo exportación de recursos con desarrollo.

Si el eco de Ormuz está dejando una lección para ALC, es que la región necesita construir resiliencia antes de la próxima crisis, no durante ella.

¿Cómo se rompe un eco?

En física, las ondas dejan de propagarse cuando encuentran estructuras capaces de absorberlas y disipar su energía. Las crisis económicas funcionan de manera similar.

ALC no puede evitar que ocurran conflictos en Ormuz, pero sí puede reducir qué tan fuerte llegan sus ecos y ahí, instituciones como CAF, pueden jugar un papel concreto, como seguir apuntando a financiar infraestructura energética regional, fortalecer interconexiones eléctricas, apoyar transporte menos dependiente del petróleo y crear mecanismos financieros que permitan absorber shocks externos antes de que se transformen en inflación, subsidios improvisados o nuevas crisis fiscales.

La verdadera resiliencia energética no consiste únicamente en producir más recursos, sino en construir instituciones, infraestructura e integración suficientes, porque los ecos globales seguirán existiendo.

La diferencia estará en si América Latina continúa amplificándolos o finalmente aprende a absorberlos.