FMI: La guerra en Oriente Medio y el impacto desigual en las Américas
La región de las Américas comenzó el año 2026 con buen pie. El crecimiento se aproximaba a su potencial y, en la mayoría de los países, la inflación estaba en el nivel fijado como meta, o cerca de él. Los shocks del año pasado provocados por los aranceles de Estados Unidos se gestionaron con pericia, y el crecimiento de las exportaciones se aceleró a pesar de la incertidumbre en torno a las políticas. Fue alentador ver que algunos países avanzaban en la resolución de distorsiones y cuellos de botella, en un esfuerzo por estimular la productividad y elevar el nivel de vida.

Ahora, la guerra en Oriente Medio está teniendo importantes ramificaciones en la región de las Américas. Los países se están viendo afectados por cambios en las condiciones financieras y en los flujos de capital a escala mundial, por vaivenes en la aversión al riesgo de los inversionistas y por marcadas fluctuaciones de los precios de las materias primas. Dada la diversidad de las economías de la región, los efectos de este cambiante entorno mundial variarán considerablemente de un país a otro.
Efectos asimétricos
Los países productores de petróleo —Argentina, Brasil, Canadá, Colombia, Ecuador, Estados Unidos, Guyana, Trinidad y Tabago y Venezuela— se están beneficiando de los elevados precios de la energía. La escalada de los precios de las materias primas está incidiendo positivamente en sus balanzas de pagos, promoviendo el crecimiento y aliviando las finanzas públicas. Aunque también se enfrentan a condiciones financieras más restrictivas, en general muchos de estos países tenderán a obtener beneficios económicos netos. Pero incluso en estos países petroleros, los grupos más vulnerables se verán duramente golpeados por el encarecimiento de la energía y los alimentos.
En otros países, la historia es muy diferente. El conflicto tiene repercusiones económicas claramente negativas tanto para la actividad como para la población, pese a numerosos esfuerzos concertados por aumentar la proporción de electricidad generada por energías renovables:
- Las economías caribeñas que dependen del turismo probablemente sean las más afectadas. Tienen una deuda elevada y sus considerables importaciones netas de energía ascienden en promedio a alrededor del 6% del producto interno bruto.
- Los países de América Central no están mucho menos expuestos a los altos precios de la energía y, en algunos casos, su capacidad para adoptar políticas de mitigación está restringida.
- Por último, los países con fuertes déficits en cuenta corriente y que dependen del financiamiento internacional —incluso los que sean exportadores de energía— están enfrentándose a mayores costos de financiamiento y un acceso reducido a los mercados, ya que la guerra aplaca el apetito de riesgo entre los inversionistas.

El impacto en la actividad económica variará mucho de un país a otro, pero el impacto en la inflación es mucho más uniforme. La inflación aumentará para todos. La región deberá enfrentarse a costos mucho más altos de los combustibles, el transporte, los alimentos y otros insumos. Esto hará pasar apuros a las familias con la menor capacidad para acceder a los artículos de primera necesidad más caros.
El conflicto introduce un nuevo y muy impredecible reto en un momento en que la región bregaba por dejar atrás las secuelas de la COVID-19. Así, ya no cabe duda de que los riesgos desfavorables han aumentado para la región de las Américas, al ser muy difícil saber con certeza si el actual cese al fuego perdurará.
Preservar los logros por los que tanto se trabajó
Los países con los marcos macroeconómicos institucionales más sólidos serán los mejor preparados para soportar el shock. En una situación como la que atraviesa actualmente la economía mundial, es de suma utilidad que las expectativas de inflación estén bien ancladas y contar con planes fiscales creíbles y un bajo nivel de deuda. Los países que hayan acumulado espacio fiscal deberían ahora aprovecharlo con prudencia. Los que disponen de menos margen, en cambio, están ante la posibilidad de tener que endurecer tanto la política fiscal como la monetaria. Los exportadores de energía con escasas reservas internacionales o débiles fundamentos económicos no deberían desaprovechar esta oportunidad para ahorrar la mayor parte de los ingresos extraordinarios que están a punto de recibir.
Tras haber logrado controlar el repunte de la inflación que siguió a la pandemia, ahora los bancos centrales de la región están siendo llamados una vez más a garantizar la estabilidad de precios. Pero también hay algunas buenas noticias. Muchos bancos centrales de la región han afianzado su credibilidad en los últimos 20 años, como lo evidencian las expectativas de inflación bien ancladas. Sin embargo, en algunos países, los marcos monetarios no están tan bien definidos y es probable que tengan mayores dificultades a la hora de contrarrestar los efectos de segunda ronda de la subida de los precios de las materias primas. Inevitablemente, en estos casos, contener la inflación de los salarios y los precios acarreará un mayor costo para la actividad económica.
Las autoridades fiscales tendrán que resistir la presión política para frenar o retrasar las inevitables subidas de los precios de los alimentos y los combustibles. En los últimos años, muchos países de la región han tomado valerosas decisiones para eliminar los subsidios generalizados a los combustibles y los alimentos y reemplazarlos con redes de protección social bien diseñadas. Es imprescindible preservar estos logros. El escaso espacio fiscal con el que cuentan los países ahora ha de utilizarse de forma estratégica para focalizar la ayuda en las familias, los agricultores y las empresas vulnerables. Dados los elevados niveles de deuda, la región no dispone de mucho margen para aumentar aún más los déficits presupuestarios. En cambio, la prioridad deberá consistir en reducir los gastos menos esenciales o en captar ingresos de las empresas y los hogares con mayor capacidad económica.
A todos los países miembros que ahora se enfrentan al desafío de lidiar con las implicaciones macroeconómicas de esta trágica guerra, nuestro mensaje es el siguiente: el FMI está aquí para ayudar de la forma más adecuada y útil para cada país, ya sea brindando asesoramiento, compartiendo información sobre las medidas con las que otros países están afrontando las secuelas económicas de la guerra o, cuando sea necesario, desplegando la amplia capacidad de préstamo de la institución.


