Urgencia climática y eficiencia hídrica: invertir para producir más y mejor
Agua abundante, pero no siempre disponible
América Latina y el Caribe tiene una de las mayores disponibilidades de agua dulce del planeta. Cuenta con cuencas de escala global, ecosistemas que regulan el ciclo hídrico de territorios enteros y una capacidad agrícola estratégica para la seguridad alimentaria. Sin embargo, esa aparente abundancia no siempre se traduce en seguridad hídrica para producir.

Paradójicamente, la región también enfrenta un estrés hídrico creciente que ya impacta la producción, los ingresos rurales y la estabilidad de las cadenas agroalimentarias. En algunos territorios, la presión se expresa en menores precipitaciones; en otros, en temporadas de lluvia más cortas y eventos extremos, donde el agua esperada para varias semanas puede caer en pocos días. Esta visión coincide con la agenda regional más reciente, que plantea reconocer el agua como un activo estratégico para el desarrollo sostenible.
Esta presión adquiere mayor urgencia ante la presencia de un nuevo episodio de El Niño. La Organización Meteorológica Mundial estimó una probabilidad de 80% de condiciones de El Niño entre junio y agosto de 2026, aumentando a cerca o más de 90% durante los meses siguientes. Sus efectos no serán uniformes: algunos territorios podrían enfrentar sequías y menor disponibilidad de agua, mientras que otros podrían registrar lluvias intensas, inundaciones y daños en la infraestructura productiva.
La creciente incertidumbre sobre la disponibilidad de agua también tiene efectos económicos y financieros. Una menor oferta, una mayor variabilidad climática y el aumento de los costos de acceso al recurso pueden reducir rendimientos, elevar los costos de producción y afectar la capacidad de pago de productores y empresas. De acuerdo con FAO, la agricultura representa más del 70% de las extracciones mundiales de agua dulce. En zonas agrícolas con infraestructura de riego, alta dependencia de fuentes superficiales o subterráneas, y cadenas expuestas a eventos climáticos cada vez más variables, este dato deja de ser una referencia global y se convierte en una alerta productiva.
La solución no será producir menos, sino producir mejor con el agua disponible, entendiendo que hoy producir también exige ser más resiliente y adaptarse a una realidad climática cada vez más incierta, costosa y riesgosa.
La eficiencia hídrica como oportunidad productiva
Una mejor gestión del agua puede traducirse en mayor productividad agrícola. De acuerdo con el informe SOLAW 2025 de la FAO, las tierras equipadas para riego representan apenas el 22,5% del área cultivada mundial, pero generan el 48% del valor total de los cultivos. En otras palabras, la tierra irrigada es 3,2 veces más productiva en valor que la de secano y presenta un rendimiento promedio 76% mayor.

Figura 1. Tierras de cultivo de secano y de regadío por región, y valor relativo de la producción.
Nota: * Asia oriental, meridional y sudoriental, excluido Japón. ** Canadá, Francia, República Islámica de Irán, Japón.
Fuente: FAO (2025), The State of the World’s Land and Water Resources for Food and Agriculture 2025 (SOLAW 2025)
Estas cifras no justifican una expansión del riego sin planificación. Más bien, muestran que, donde existe infraestructura de riego, el agua es uno de los insumos más estratégicos de la producción y que mejorar su gestión puede generar resultados directos y medibles.
Las soluciones incluyen riego suplementario, que complementa las lluvias en momentos críticos; riego deficitario, que aplica menos agua de forma controlada para mejorar la productividad hídrica; sistemas presurizados, como aspersión y goteo; prácticas de conservación de suelos, como la labranza mínima; y herramientas digitales, entre ellas sensores remotos, drones, sistemas de información geográfica y plataformas de gestión basadas en datos.
El mayor impacto se logra cuando el manejo del agua, el suelo y la cobertura vegetal se aborda de manera integrada. Esta interacción mejora la infiltración, conserva la humedad, reduce la erosión y permite aprovechar mejor tanto el agua de lluvia como la utilizada en riego. Al mismo tiempo, contribuye a regular la temperatura, proteger el suelo frente al viento y generar condiciones micro climáticas más favorables para la producción.
Desde una perspectiva de economía circular, la OCDE plantea que mejorar la gestión hídrica no solo implica reducir el consumo de agua, sino también promover su reutilización y recuperar valor de los recursos asociados a su gestión.
Ciclos productivos, cadena de valor y un enfoque integral para la gestión eficiente del agua
Para que una inversión en eficiencia hídrica sea viable, debe evaluarse más allá de la tecnología. Su potencial depende del contexto productivo, la forma en que se estructura el financiamiento y el acompañamiento necesario para asegurar su adopción. Desde una mirada integral, es posible ordenar el análisis en tres dimensiones:
- Productiva y de cadena de valor: esto permite entender el perfil del productor, sus necesidades de inversión, el ciclo productivo, las condiciones en las que adoptará la tecnología y la forma en que esta puede traducirse en ahorro de agua, reducción de costos, mejoras de productividad o mayores ingresos. A su vez, contar con compradores identificados, relaciones comerciales estables y condiciones claras de venta reduce la incertidumbre del proyecto. En el caso de la eficiencia hídrica, los resultados deben estimarse según el cultivo, el diseño del sistema, las características del suelo, la disponibilidad y calidad del agua, y las condiciones de operación y mantenimiento.
- Financiera y de gestión de riesgos: el monto, el plazo, el periodo de gracia y el calendario de pagos deben ajustarse al ciclo productivo, al momento en que la inversión empieza a generar beneficios y al nivel de preparación del proyecto. También deben considerar los riesgos asociados a la disponibilidad y variabilidad del agua, así como la existencia de los permisos o derechos de uso correspondientes. A partir de ello, es importante combinar los instrumentos más adecuados para cada caso, como crédito, seguros agrícolas, garantías parciales, financiamiento de proveedores o esquemas vinculados a compradores ancla. La clave está en distribuir mejor los riesgos y estructurar una solución financiera acorde con las características del proyecto, del productor y de la cadena de valor.
- De acompañamiento, adopción y monitoreo: Los servicios no financieros, como el diagnóstico, la asistencia técnica, la capacitación, la transferencia de tecnología y el seguimiento en campo, son tan importantes como la tecnología en sí misma. La participación activa del productor en este proceso le permite comprender la solución, conocer sus beneficios, fortalecer su confianza y adoptarla adecuadamente en sus prácticas agrícolas. El monitoreo complementa este proceso al verificar si la inversión está generando los resultados esperados, identificar oportunidades de mejora y fortalecer la toma de decisiones. Para ello, las líneas de base y los indicadores permiten medir el ahorro hídrico, los cambios en productividad, la reducción de costos y el desempeño de la inversión.
Este enfoque permite estructurar mejor las inversiones agrícolas, reducir incertidumbres y vincular las necesidades del productor con soluciones financiables. En el caso de la eficiencia hídrica, ayuda a convertir el ahorro de agua en productividad, resiliencia y capacidad de pago.
Pymes Verdes LAC: financiamiento climático para producir mejor
El Programa Pymes Verdes LAC, cofinanciado por el Green Climate Fund (GCF) y CAF —banco de desarrollo de América Latina y el Caribe—, impulsa proyectos privados de mitigación en Chile, Ecuador, Panamá y Perú.
Uno de los sectores priorizados por el Programa es el uso del suelo. En este componente pueden financiarse proyectos agrícolas, forestales y ganaderos que incorporen tecnologías y prácticas orientadas a mejorar la productividad, reducir emisiones y promover un uso más eficiente de los recursos. Entre ellos se incluyen soluciones de eficiencia hídrica, manejo sostenible de cultivos, sistemas agroforestales y silvopastoriles, así como mejoras tecnológicas en las cadenas de valor, adaptadas a las condiciones productivas, ambientales y comerciales de cada proyecto.
En materia hídrica, los proyectos deben alcanzar, cuando corresponda, una reducción mínima del 10% en el consumo de agua, lo que permite establecer un resultado ambiental concreto y verificable.
En una región donde los impactos climáticos son cada vez más visibles y costosos, el Programa Pymes Verdes LAC puede acelerar la transición hacia sistemas productivos más resilientes. Su potencial radica en acercar las necesidades de quienes demandan financiamiento con las capacidades de quienes lo ofrecen, facilitando la estructuración de soluciones climáticas rentables, escalables y con impacto medible en América Latina y el Caribe.
